Crónica IV
Cárcel
Cuando abrí la caja fuerte del empresario encontré los dólares que yo mismo había retirado en la financiera un par de días antes. Además de los fajos había un revolver Taurus negro, sin municiones.
Tercer piso de un hotel del tipo cinco estrellas frente al océano Atlántico. Fui de noche a fumar en la playa de arena oscurecida, arena llena de vida aún, luego de la reciente retirada de la corriente de bajamar.
Al día siguiente, el juez pasó a buscarme en su auto particular para ingresar a la cárcel durante un motín de los presos más conflictivos. Llegamos al presidio cerca de las ocho de la mañana.
En un “pabellón de población tumbera” nos recibió un hombre definitivamente violento, descalzo, en pantalones de futbol y en cuero, psicópata, sin remera ni camiseta; los carceleros se quedaron “en la reja” y no ingresaron y al atravesar esa reja la oscuridad se volvía casi total porque las ventanas estaban tapadas o tapiadas; y en ese lugar, la sensación era la de estar realmente en el punto más peligroso de la cárcel.
Y a mitad de pasillo llegaba apenas una brumita de sol por una especie de respiradero del techo. Pasamos junto a dos parias sometidos que lavaban zapatillas y ropa mientras todo se desarrollaba con mucha tensión por la presencia del juez.
Cuando salimos de ese sector de la cárcel caminamos unos metros como rompiendo el aire por el contraste entre la presencia de una persona que llega recién bañada y perfumada desde afuera, y esa especie de olor nauseabundo interminable que habita impregnado desde décadas en la prisión.
Pasamos por dos leoneras, “celdas de transito”, que estaban apretadísimas de presos comunes que viajan sistemáticamente desde una carcel a otra, y cumplen condenas de años trasladando sus pocas pertenencias en “monos”, bultos hechos con mantas y sábanas, y viviendo en esas jaulas de paso para pecadores.
Hasta que finalmente caminando en esas galerías de la muerte llegamos a “los buzones”, celdas de castigo, donde un hombre gritaba e intentaba prenderse fuego a si mismo para ser escuchado por los carceleros.